Fue en tiempo en que nada me ataba al suelo, era el último año de la básica en ese gran liceo en donde hasta el cielo tenía muros, mientras afuera volaba un cuervo sobre la luna.
Fue precisamente ese año, cuando producto de un reemplazo llegó al establecimiento ella, una profesora jovencita, muy dulce y atractiva que a primera vista, provocó una verdadera vorágine entre nosotros que comenzábamos a evidenciar las primeras inquietudes de la adolescencia.
Una marcada obsesión y encanto por la profe se apoderaron de mí, y eso se notaba. Mis compañeros se encargaron de difundirlo en forma exagerada, creo: ¡El Ded está enamorado de la señorita Ana!, en su cuaderno tiene un corazón con su nombre. ¡El Ded está enamorado de la señorita Ana!
Ella me miraba, yo enrojecía.
Cuando ya estábamos en los postreros días de clases y para tratar de materializar mis sugerentes sueños, que constantemente mantenía con la profesora, me atreví a escribirle una singular carta, utilizando con miedo algún recurso literario y acoplando mis primeros y seductores versos de amor.
Le entregué la carta personalmente, sin esperar respuesta. Sólo recuerdo que salí corriendo después de la osada declaración.
Luego vino la ceremonia de graduación: los discursos, los recuerdos, los cantos, las lágrimas y los abrazos. Mi situación en ese momento era incomoda y complicada, deseaba despedirme de la profe y decirle todo lo que sentía. Sin embargo, no me atrevía ni siquiera a pararme en frente de ella, (todavía me pasa con algunas ellas).
No se como fue... en un instante sentí que se detenía el tiempo y que mi corazón escapaba, era mi profesora que se acercaba hasta mi: con una prudente sutileza y tratando de no llamar la atención entre la gran cantidad de asistentes, me miró fijamente durante unos segundos que fueron eternos mientras yo me desarmaba completamente por dentro, tomó una de mis manos y me entregó un papelito similar al que yo, unos días antes, le había dado. Luego, añadió una delicada caricia para terminar alejándose.
No fui capaz de decirle nada, en aquel instante me olvidé de hablar, estaba impresionado, cohibido, asustado. Miré al mi alrededor, traté de encontrarla, pero fue inútil, se había marchado. Después de varios minutos reaccioné, y entre asustado y nervioso disimuladamente extendí la hoja de papel que me había dado, la cual contenía una sola frase y no adjuntaba comentarios: "beso se escribe con B, con b larga"...
Aquella situación me avergonzó de sobremanera, que hasta quise desaparecer. Durante mucho tiempo no incursioné en conquistas utilizando ese tipo de recursos, el solo hecho de escribir significaba recordar lo sucedido con la profesora, provocándome un bloqueo ortográfico inmediato.
De ningún modo perdí la esperanza de volver a verla, y preguntando siempre de alguna forma sabía de ella, por algún ex compañero, o un profesor o alguna amistad. La obsesión y encanto por la profesora, efectivamente, se habían apoderado de mí, y algunas tardes, cuando el día resbalaba entre las horas, sentado en la plaza de la infancia la pensaba y recordaba mientras escribía las primeras letras de la pena y la nostalgia.
Así pasó el tiempo, y algunos años después mientras viajaba de regreso a casa, en esas micros que todavía ni se pintaban de amarillo, la vi, era ella: mi profesora, la que cautivó mis prematuras emociones, la misma que despertó mis ansias de seducción y que se despidió acariciando mi cabeza la última vez que la vi.
Ella me miró, yo enrojecí. Se humedecieron mis ojos, mi pecho vibró y mi voz entrecortada
apenas hilvanó una frase.
Nos saludamos, fue un diálogo breve, impreciso de mi parte, un diálogo que sólo pude mantener en mis ojos, mientras osadamente le pedía su número telefónico.
Me costó un mundo marcar ese número por primera vez, y cuando lo hice no supe que decirle, habló ella y escucharla fue estar cerca del cielo, comencé a llamarla tímidamente y ella siempre respondía sin reparos: 738546 una vez, otra vez; tres veces, muchas veces al día.
Así logre mi primera y verdadera cita, el reencuentro deseado. Me invito a su casa, en donde compartimos un atardecer lleno de recuerdos y experiencias vividas. Hablamos de todo, el ambiente era cálido y de confianza, y para mi, esa primera vez ya era la gloria.
Cuando llegó la hora de despedirnos, ella, por segunda vez en la vida, coge una de mis manos y me entrega una carta.
Al ver el papel sentí como un mar caliente subía hasta mi rostro, no podía creerlo, era el mismo escrito que yo, cinco años antes, le había entregado.
Luego de una profunda pausa, sin soltarme la mano, acerca su cara y con voz bajita me dice:
-Que importa como se escriba la palabra beso, lo importante es recibirlos...










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