No te asuste extranjera la visita sorpresiva, y a las dos de la mañana tenme vino, porque voy a condenarme en otro giro de la rueda, iré por ti de un lugar a otro por Madrid, volveré por ti, por esa otra que tu eres, a ese mundo donde reposan los recuerdos o las viejas lecturas. Te buscaré donde una placa en el muro advierte que se halla enterrado Miguel de Cervantes, me sentaré un siglo en un añoso escaño de esa iglesia de las Trinitarias. De ahí, caminaré a la casa de Lope de Vega, quizás ya remozada como Marta de Nevares cuando envejecía sin alardes, a pasos del lugar en donde Lope de Vega, halagó al duque de Sesa y abrió fuegos en contra de aquel Góngora que le pidió borrase “las diecinueve torres de tu escudo”, porque más bien veía las “torreznos”, por los amores que el Fénix de los Ingenios tenía con una carnicera llamada Juana Guardo, caminando llegaré a un lugar en donde, en una esquina, vivió Francisco de Quevedo luchando por un nombre, para cantarte la canzone che noi ci siamo, para que habites la página en blanco que soy.










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