No soy nada más que el viejo solitario de la tarde, que empuña afiebrado un vaso de ron mientras escribe toda su tristeza de niebla, como una yegua loca, chupándose lentamente las lágrimas grises. Soy amarillo y deslucido en un invierno sin lluvia ni certidumbres. En mi quieta y separada pieza me envuelven oscuros y áspero papeles, caminando con sigilo para no despertar a la bestia que lo habita, mirando como gota a gota se me escapa el cielo en la metálica bruma de una tardía garúa, cuidando y afirmando a los terribles potros que cabalgan mi arcano vicio de llorar despierto. Si un día resucito al otro día muero, sin plumas y sin alas en las vastas playas de un acezante insomnio, que poco a poco me compone y calma el inquieto torbellino de la espera. Desde niño habito un oscuro caserón deshabitado, donde sólo crecen las palabras como brillantes mariposas. De mi juventud, qué puedo decir, sólo el dolor, la lejanía, el golpe seco, la tortura y el exilio doloroso donde sólo me salvaba el júbilo de los desconocidos cuerpos que habite ya sin cariño. Ahí nació el acento melancólico, el resplandor y el miedo voluptuoso, el gemir suave de adolescente estallado en inviernos de nieve sin ventanas. Desde ahí es que vengo sin cariño en el vaivén de cuartuchos olvidados, empollando una tristeza sin nombre, tragando sucios besos a escondidas del día, ofertando las pocas monedas robadas a una primavera inexistente, bajo el gran silencio de las sombras y las sábanas revueltas. Me escondía, y aún me escondo, en oscuros bares, hundido en la peor silla, rumiando mi ingenuidad desmelenada, fugitivo en pirrica victoria, oyendo el vulgar aullido de la jauría, almacenado rostros y siluetas, rompiendo los falsos espejos para reírme de mis mil rostros, arrojando amargas saetas sin respuesta. Paseaba a veces sobre los puentes, sentía correr el Neva hacía su muerte en el mar, mientras yo mismo me moría esfumándome con las volutas del ocaso, mirando de cuando en vez las estrellas mientras me dolía la vida con su gesto taciturno de lejanía invisible. Mis manos congeladas en las puertas del alba y las palabras siempre hirviendo en la torre de mi espanto, mientras una guitarra muy venida a menos reptaba mi ensueño disfrazándome las penumbras. Añoraba en ese entonces la cálida frazada de mi patria, vacío y leyenda de avenidas por abrirse como campana desquiciada. Así, pasajero de una inmensidad amorfa, viví en las filas de los que me retaban, en los oscuros torneos de la difícil soledad de cargar una cantidad absurda de cosas. Así viví y así vivo, entre aparatosas fórmulas en una pirámide de continuos aburrimientos y asombros, en el hastío de ir repitiendo historias y amores que se evaden o se esconden en laberintos, leyendo entrelíneas lo que quiero escuchar y no lo que me dicen, dislocado en ese rugir sordo que nace y me quema, en la protesta que vuelca y me hiere, junto a sueños que son murallas. Hay días que me canso de estar, me canso de ser avecilla desgajada al invierno que escribe bonito, porque hay días en que me dicen que escribo bonito, y nadie entiende que los versos me explotan y se riegan como lava violenta, como erupción incandescente, nadie entiende que son voz que aúlla, grito partiéndose en pedazos, para pedir no la incertidumbre que me están dando, no la madurez que me piden, sino sólo un minuto de ternura que parece que no es labor de diosas sino de humana, con su cuchilla del sexo trepanando mis nervios, como vibrante relámpago, fiel y tibio abrazo de dulce ruiseñor tremendo en las noches en que el mundo me cruje insepulto tras una cordillera de plumajes azules, insomne mapa para la rosa de los vientos que perdí en algún sendero náutico.











¿donde se escribe?
¿arriba de esta línea o abajo? da lo mismo...
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el desgarro del sentimiento, de la vida en ausencias, exilios y tristezas lleva a esa erupción de palabras que lo expresan y si, puede sonar bonito, de hecho estéticamente lo es, pero si llega al corazón de otro, como este texto llega, entonces recién ahí el escrito es bello por las sensaciones que produce.