La gente de Citerea se alumbra
con las pequeñas antorchas de las quiebraplatas
así caminan por las comarcas durante leguas sin sol;
Citerea es la aldea esbozada por Esenin
gobernada por sabios que se apoyan en firmes báculos de boj,
el hombre nace sin atributos
luego poco a poco va cercando sus dominios
con el costoso patrimonio de los sueños
que se traduce después en leyes justas que rigen la realidad;
el último presidente de Citerea fue un buhonero
se llamaba Marino Mazasi
vendía almanaques de Bristol, péndulos solares, caleidoscopios
y lapiceros-largavistas que fueron la fascinación
de los lectores de Raymond Roussel,
esos jugadores de go y armadores de rompecabezas,
tomadores de notas y observadores de vistas imprevistas
frente a nuestras costas que azulean de argumentos
dictándoles las escenas de su novela en alexandrinos perfectos;
los ciudadanos confiaron en este hombre de la estirpe de Hesiodo
que sabía de memoria o tenía inscrito en la palma de la mano
las caretas encontiladas que el platón de la luna pinta en el cielo,
el nombre del viento que se lleva los meses del año,
el ritmo de las mareas según el carburo amarillo de los faros
y el viaje de las anguilas al Mar de los Sargazos;
en el diccionario de
el étimo de ciertas palabras se ha perdido:
corrupción / pacto / crimen
ya no existen y los estudiantes de Filología son enviados
a consultar los volúmenes infinitos de Isidoro de Sevilla
en bibliotecas subterráneas situadas en los arrecifes embrumados de Citerea;
el idioma citereano se aprende en ideogramas
virutas de palo santo, collages, palitos de corales
y gemas de las minerías nocturnas de los gnomos
arpilladas al fondo de un caleidoscopio,
el método también contiene las letras-dolmenes de Max Ernst,
la combinatoria de erres del poema de Robert Desnos a Rrose Sélavy, travestida y bien perfumada
practicando el ocultismo de precisión
en una esquina roja de
donde un organillero con su manivela monótona
musiquea en los melosos significantes de Gertrude Stein
une rose est un rose est une rose
la nostalgia insoportable entre las palabras y las cosas;
de igual manera el tablero prismático tiene integrado
amplios detalles del Grand Verre de M. Duchamp
y se cree que todo el Tractatus Logico-Philosophicus de Wittgenstein
puede reconstruirse a través de la gramática
cambiante de estos ideocromos,
un alumno virtuoso pudo leer claramente
bajo una avalancha milagrosa de vitrales trizados
la siguiente frase del Tractatus:
"Los límites de nuestra visión son los límites de nuestro lenguaje".










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