
Él era más viejo que ella. Ella era buena,
y en la belleza de su cuerpo ella acunaba el alma,
solían andar juntos los dos, y no se enojaban por tonteras.
Todos a su alrededor se preguntaban: ¿Acaso son marido y mujer?
Y esta sola pequeñez lo enloquecía.
Él la amaba, a ella le gustaba volar por las noches.
Él sufría, si en la ventana estaba oscuro.
y en la noche él no dormía, para cerrar la ventana,
Él se encerraba en la cocina a tomar un té amargo,
a la hora en que ella por las noches volaba.
Después, por la mañana, ella le juraba,
que lo de ayer sería la última vez,
Él perdonaba, pero en la noche de nuevo estaba oscuro en la ventana,
y ella de todos modos volaba.
Y él le regalaba rosas, y le regalaba su alma,
le dedicaba canciones, y le escribía versos,
y se aferraba a nadie, como el último tonto.
Él tenía miedo que alguna vez bajo la luna llena,
ella olvidara el camino a casa,
Y una noche sucedió así.
Tres días y tres noches él no durmió y no comió,
Él estuvo sentado cerca de la ventana y al cielo miró,
Él pronunció su nombre, y salió a encontrarla en la cornisa.
Y cuando la luna se hizo más pequeña,
él se acercó a la ventana, como se acercaba ella,
y se echo a volar, como se echaba a volar ella,
pero no voló hacia arriba, sino hacia abajo.
Después, por la mañana, ella no pudo jurarle,
que lo de ayer sería la última vez,
Y él no pudo perdonarla, porque en la noche de nuevo estaba oscuro en la ventana,
y ella de todos modos volaba.








... de la misma melancolía. Qué sentimiento más difuso/confuso/obtuso/ intruso y que en ocasiones nos deja contusos...
Saludos,
M.